Viernes 31 de octubre de 2014

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Entre junio y octubre estarán en Colombia las ballenas 'jorobadas'

- | 18/08/12

Avistamiento de ballenas

Avistamiento de ballenas en el Pacífico

Además de las 'jorobadas' la zona ofrece un paisaje natural inolvidable.

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El fenómeno es un destino turístico en el que, además, se puede conocer una tierra bella y olvidada.

El sonido de la respiración del mamífero acuático más grande del mundo se escucha a la distancia y a pesar del ruido de motor de la lancha. Minutos antes, a lo lejos, la línea en el horizonte que divide el mar con el cielo se veía rota por momentos con lo que parecían pequeñas nubes de humo, como las que se forman cuando se hace una hoguera.

La embarcación que se impulsa por dos motores fuera de borda lleva cerca de 20 minutos rompiendo las olas hacia altamar, y sus pasajeros, 20 turistas, ya sienten el dolor que queda luego de caer sobre improvisadas tablas que sirven como sillas, tras cada salto que hace el aparato cuando estrella el agua.

Ya casi no se ve Juanchaco, el lugar de donde se parte para lograr observar el espectáculo natural. Un caserío de pescadores en el Pacífico colombiano a una hora por mar de Buenaventura. Tan lejano que confunde los GPS de los teléfonos ‘inteligentes’.

Pero el recorrido de más de 5 horas, el cansancio por el trayecto que debe hacerse en todos los medios de transporte posibles (aire, tierra y mar) y la ansiedad, se pasman cuando una mancha negra se ve sobresalir en la superficie. Parece una gran roca que alcanza el aire sobre el agua, pero se mueve, se sumerge y reaparece bajo lo que antes lucía como humo.

“Ahí están” dice Daniel González, un joven de la región que a sus 18 años se convirtió en guía de los avistamientos, pero que olvida su posición y se emociona tanto como los turistas que gritan al ver la escena desde el bote. “Son cuatro”, advierte mientras sonríe y le señala al piloto hacia donde debe dirigirse.

Ahora están junto a la embarcación, a pocos metros, y su tamaño permite entender como un animal puede pesar 45 toneladas. Salen por instantes a la superficie para hacer vibrar el viento con sus respiros y elevar hasta 3 metros de agua atomizada como un geiser.  Las aletas dorsales se destacan sobre un arco negro flotante, como en una película de tiburones, y al sumergirse, es posible ver parte de sus colas, decoradas con visos blancos y manchas.

Nadan tan rápido que el capitán debe encender los motores que apagó antes para no espantarlas y seguirlas para no perderlas de vista, pero los gritos de emoción de los turistas debieron advertirles la presencia humana y las jorobadas se empiezan a alejar.

Están entrando a Bahía Málaga, la zona marítima que les ofrece las condiciones adecuadas para su reproducción y apareamiento, y tanto el guía como el capitán saben que no deben obstaculizar su camino.

“Más afuera se ven más” afirma Daniel, que desde la punta de la lancha explica algunos detalles de las ballenas. –Tienen pulmones, andan con machos que las escoltan y cuando éstos las cortejan, saltan para exhibirse”. Él lleva 15 días dirigiendo los recorridos y ya las ha visto saltar a lo lejos mientras ha ido escoltado en la lancha por delfines, “es como en las películas”, dice.

 

Un parque natural en medio del océano

 

Hace dos años, como iniciativa de los pescadores de Juanchaco, que lucharon para que en su playa no se instalara un gran puerto comercial como el de Buenaventura, se creó el Parque Natural Uramba Bahía Málaga. Una zona marítima a donde llegan las ballenas jorobadas entre junio y octubre con un único fin, mezclarse en una orgía acuática de proporciones descomunales, de mamíferos gigantes compuestos en su mayoría por grasa que  eligieron,  entre todo el océano,  un rinconcito colombiano para nacer.

Año tras año navegan desde la antártica, donde se alimentan lo suficiente para su viaje hasta las aguas colombianas. Sortean infinitos peligros, entre ellos el cambio de temperaturas de las aguas que las hace desubicarse y perder el rumbo, pero sobretodo el de pescadores que las cazan indiscriminadamente. Sus mayores predadores son gigantes industriales que buscan obtener su grasa como combustible, avanzados negociantes que quieren su piel como insumo y amos del mundo capitalista que, absurdamente, aún creen que sus aletas son afrodisíacos.

En contraste, en el pacífico colombiano un grupo de negros, pescadores y pobres, en su mayoría, salen de sus casas a diario con la conciencia de que en su mar tienen una responsabilidad, y conjuntamente con entidades educativas y corporaciones, lograron establecer una zona de reserva. Un lugar en donde, al menos durante su paso, las ballenas puedan estar tranquilas.

También es un negocio prometedor. Porque vender recorridos a turistas que sueñan con ver a los gigantes del agua, se ha convertido en un opción adicional a la de pescar y comerciar fragatas, piqueros o sierras en el mercado local. Además ha sido la oportunidad  para trabajar responsablemente, controlando la pesca ilegal y consolidando un mercado turístico en crecimiento.

“La gente se quejaba mucho de que venían pescadores de otras zonas y cuando veían los peces les lanzaban dinamita, eso se lleva todo lo que se mueva. Lo otro que hacían era amarrar redes a dos barcos y arrastrarlas, destruyendo el fondo marino”, asegura Héctor Montaño, un  técnico administrativo del parque.  Él, que ya ha trabajado en otras reservas como Gorgona, celebra la iniciativa de evitar un puerto en la zona. Ya ha tenido que levantar cadáveres de delfines y ballenatos descuartizados por hélices de barcos, suficiente razón para no querer cerca de los grandes buques.

“A la gente le preocupa que el turismo sea benéfico para los actores locales, hacer de la pesca una labor responsable y trabajar en educación y sensibilización ambiental”, destaca la directora del parque, Carmen Lucía Gómez.

Por eso ya han establecido mesas comunales, procedimientos para el turismo y capacitaciones para jóvenes de la región interesados en guiar los avistamientos de Ballenas como un negocio favorable, y, en algunos casos, menos esclavizante que los tradicionales.

 

Familias de pescadores

  

Daniel González no trabaja por dinero, aunque los 20 mil pesos que recibe por cada recorrido le ayudan bastante en su ahorro. Quiere comprarse un computador portátil con lo que gane y aprender más de sistemas. Acabó el bachillerato hace dos años y no pudo entrar a la universidad porque ni él ni su padre tenían como pagarla. Por eso se dedicó a ser pescador, como su familia. A ayudarle a su padre en los múltiples oficios que hace para subsistir y a hacer recorridos turísticos por los manglares hasta un par de pozos naturales.

Lo hacía a remo en pequeñas balsas semi-inundadas, de esas en las que los turistas deben ir sentados intentando conservar el equilibrio. Mientras él, de píe, remaba sin parar durante los 45 minutos de viaje. Es un paseo relajante en medio del verde del paisaje, el azul del cielo y la tranquilidad del agua estancada. Pero un trabajo extenuante bajo el sol picante, poniendo a prueba la fuerza y la resistencia para impulsar el madero sobre el agua y además conservar el ritmo mientras responde las dudad de sus pasajeros.

Así es la vida en La Barra, un caserío cercano a Juanchaco al que se llega caminando por la playa  si la marea es baja, o por una trocha enlodazada si no.

La mayoría son pescadores, algunos tienen tiendas y otros alquilan sus cabañas para los turistas que llegan a ver la que podría ser, fácilmente, la playa más bonita del mundo. Es solitaria, gigante, no tiene vendedores que hostiguen a los visitantes y está decorada por cangrejos de todos los tamaños. Cuando la marea baja, un rezago del océano se extiende en medio de la arena y el mar, y la temperatura calienta el agua para hacer del pozo una piscina natural aclimatada.

Si se prefiere el brío del mar, las olas del pacífico llegan con toda su potencia a la playa en donde se instalan los campistas que llegan para divertirse mientras que el agua devora el sol y el cielo se vuelve naranja. También, es el lugar para comer delicias condimentadas por coco, leña y hojas de plátano.

Allá, en ese lugar en el que aún se va la energía si llueve, las personas andan descalzas y los niños aprenden a sumar y restar negociando frutas, bebidas o almuerzos en el restaurante de la familia. El tiempo y su velocidad están determinados por el nivel del agua en la costa y las personas han aprendido que en la noche es mejor bailar que irse a dormir.

Si hay marea baja, Daniel camina por la playa hasta Juachaco, si no, debe levantarse más rápido y tomar la trocha. Intenta llega temprano para reservar los primeros turnos y así poder hacer más recorridos, pero, sobre todo, ver más ballenas.

Él, como cientos de jóvenes, recibió la capacitación ofrecida por el parque natural para guiar los avistamientos de jorobadas y desde hace poco tiempo cambió su remo por un carné que lo acredita como guía.

“Esto es un sueño”, dice. “Cuando estaba pequeño veía en televisión que las ballenas llegaban al Pacífico y yo siempre decía que quería verlas, y mire, ahora soy guía”, añade.

En promedio logra hacer tres recorridos al día si hay suficientes turistas y el clima es bueno. A diario logra ver más cetáceos que los biólogos en las universidades y conoce cada vez más de cerca sus detalles.

Para él la apertura del parque natural no solo ha significado una opción de trabajo, también una visión de futuro porque ya quiere empezar a estudiar una carrera profesional relacionada con su entorno.  El de mares de colores que acogen cientos de especies, el de aves pescadoras que se instalan en las islas vírgenes del lugar. El de una tierra que parece olvidada y que, como asegura, “es un lugar muy rico que tiene que empezar a progresar”.

 

ALEJANDRO BORRÁEZ

Redacción

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