Jueves 23 de octubre de 2014

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Aquí viene Spider-Man

- 16/07/12
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Tomó 10 años y 4 películas, pero por fin El Hombre Araña llega al cine sin dejar su personalidad en el camino.

 

El estreno de la nueva versión de la saga de este superhéroe neoyorquino es, de lejos, el más fiel al personaje original y aporta una mirada más centrada, más oscura, de ‘su amigable vecino’.

Si se guía uno solo por los índices de taquilla, la trilogía de SpiderMan que dirigió Sam Raimi entre 2002 y 2007 fue un éxito total. Pero para quienes tenemos algo de apego por la saga de Peter Parker y su alter ego arácnido en el cómic, algo faltaba. Ese algo era Peter Parker. (Vea acá el adelanto de la película).

Puede que la trilogía que concluyó hace apenas cinco años haya sido entretenida por momentos, pero no le hizo justicia ni una sola vez a un personaje que podrá ser un adolescente medio nerd pero también es prácticamente un genio y un mago del sarcasmo. La inseguridad, la torpeza y la cara de eterno patetismo de Tobey Maguire sepultaron por completo la naturaleza vital, burlona, a ratos eufórica del personaje. Ahora que Andrew Garfield se pone la máscara, logra traer a la vida a un Hombre Araña mucho más agradable y creíble. Además, la evidente química con Emma Stone –en el papel de Gwen Stacy- hace que uno se pregunte cómo logró Kirsten Dunst mantener su puesto de ‘interés romántico’ durante tres entregas.

La película que dirigió Marc Webb no es, ni mucho menos, perfecta, pero acierta en todos los aspectos interesantes. Desde la renovada historia del origen de los poderes arácnidos, pasando por la consideración de las leyes físicas que gobiernan el movimiento de ‘Spidey’, hasta el muy agradecido retorno a los hilos artificiales, no ‘segregados’ por el propio superhéroe. Puaj.

Y, de manera particular, es de celebrar el retorno de su superhéroe más icónico a la noche de Nueva York. La ciudad brilla con luz propia y, aunque es sensiblera y dulzona a más no poder, en esa escena en la que Spider Man se balancea entre las grúas de la Quinta Avenida, uno siente que, como en el infaltable cameo de Stan Lee, sobran las palabras.